Artículo de Antonio Torres publicado en el blog SirioAndaluz

Dicen las crónicas de los grandes medios de comunicación españoles que Bashar Al Assad cuando visitó Córdoba y Medina Azahara con motivo de la exposición “El esplendor de los Omeyas” allá por el ya lejano 2001, expresó en numerosas ocasiones sentirse como en casa, como en Damasco. Eran otros tiempos, en los cuales Al Assad era recibido y percibido en Occidente como el hombre que estaba llamado a romper con el siempre incómodo legado del “socialismo árabe baazista” y a hacer de Siria un país amigo y aliado, es decir, un país vasallo. La gran esperanza occidental puesta en el joven Bashar se iría desvaneciendo poco a poco, para hacerlo definitivamente en el 2011; de las alabanzas al joven Bashar poco ha quedado, entrando su perfil para siempre dentro de los esquemas de demonización del enemigo. Algún que otro columnista español recordaría años después, una vez ya estallado el conflicto sirio, la visita de Al Assad a Córdoba e irónicamente señalarían, en una clara impostura intelectual, las según ellos similitudes entre la destrucción del Versalles andalusí y la de Siria.

Después de 6 años de guerra, los grandes medios de comunicación continúan con su relato sobre el conflicto sirio, aquel que habla de un tirano opresor que encuentra un especial placer en someter y aniquilar a su pueblo, negando que realmente el conflicto tuvo su origen en la oposición de Bashar Al Assad a los intereses occidentales en su lucha global por la explotación, distribución y comercialización de los recursos energéticos, concretamente del gas en este caso. Se sigue negando que Occidente instrumentalizó y manipuló los diferentes problemas internos sirios, desempolvando y actualizando los viejos planes de intervención en Siria diseñados por la CIA y el Pentágono, con el fin de socavar la soberanía nacional e instalar un nuevo régimen fiel a sus intereses. Cuando no lo consiguieron, el objetivo pasó a ser otro: convertir Siria en un caos permanente. Los derechos humanos, la democracia, y toda la retórica justificativa nunca interesó lo más mínimo ni a Occidente ni a sus “rebeldes”, es más, hoy podemos afirmar que si un actor ha quebrado continuamente los derechos humanos y la democracia del pueblo sirio desde el 2011 ha sido Occidente y sus “rebeldes”, tomen la denominación que tomen.

Recientemente, el escenario sirio se ha vuelto a complicar con la intervención militar turca en Afrin. Tomando como mera excusa el plan norteamericano nunca concretado de despliegue de una guardia fronteriza kurda, Erdogan ha lanzado al ejército turco, el segundo más grande de la OTAN, contra las fuerzas de las YPG kurdas, utilizando también a sus aliados sobre el terreno, el Ejército Libre Sirio -también conocidos como los “rebeldes moderados”-, las milicias turcomanas, incluso informaciones no confirmadas hablan de una posible colaboración entre el DAESH y el ejército turco, algo que ya a nadie extrañaría a estas alturas. Ya sea por una razón o por otra, el caos se eterniza en Siria, y con él, el sufrimiento. Como era de esperar los Estados Unidos han abandonado a sus aliados kurdos, tanto James “Perro Loco” Mattis, secretario de defensa de la administración Trump, como el secretario general de la OTAN, Stoltenberg, han dado el visto bueno a la intervención turca: Turquía tiene derecho a defenderse. Erdogan se alimenta de un neo otomanismo expansionista con el que pretende coser a una sociedad turca rota en sus contradicciones más profundas.

El caso es que para el común de los habitantes actuales de ese destello vivo de lo que un día fue Al Andalus, en el que Al Assad decía sentirse como en casa, el conflicto sirio se les aparece como imposible de comprender; un conflicto en el que el caos y la crueldad no tienen motivos; un brutal y salvaje todos contra todos. El tratamiento que los grandes medios de comunicación dan al conflicto en muchas ocasiones contribuye a esa visión. Se asemeja a veces al de los conflictos africanos, como el de la República Democrática del Congo, es decir, se proyecta una acumulación de noticias sobre matanzas e imágenes bélicas, sin que muchas veces se pongan en contexto o se expliquen, y las pocas veces que se explican, se echa mano del relato habitual, del guión prefabricado al que antes hemos aludido. Se crea así una imagen brutalizada de los pueblos; son salvajes que se matan los unos a los otros porque sí, no hay explicación más allá de su brutalidad intrínseca. Incluso esa visión de salvajismo se da con pueblos europeos situados fuera de los esquemas occidentalizados, pasó con las guerras de la antigua Yugoslavia, especialmente con los serbios, y se da ahora con los rusos, en general, -rusofobia- o en relación con el conflicto en el Este de Ucrania.

Con todos los matices y explicaciones que sean necesarias dar, la actual Andalucía es el destello de lo que un día fue Al Andalus, una discontinua continuidad de aquel Oriente en Occidente. Nuestro pasado, el de los andaluces y andaluzas de hoy, está conectado con el otro extremo del Mediterráneo, con Siria, y también con Egipto, con el Líbano, con Palestina o con el lejano Iraq. Es la autopista del Mediterráneo. No somos tan diferentes como nos han hecho creer, ni en el pasado, ni en el presente. Naves fenicias o naves de Tharsis, recorrían de una punta a la otra el Mediterráneo desde la Antigüedad, y esas naves no solo transportaban productos para el intercambio comercial, sino también portaban ideas, diferentes formas de ver e interpretar el mundo. Hablamos de un intercambio milenario.

El profesor titular de Pensamiento Árabe e Islámico de la Universidad de Sevilla, Emilio González Ferrín, nos suele hablar con frecuencia de esa autopista del Mediterráneo. González Ferrín se ha destacado actualmente por rechazar la tesis de la invasión árabe-islámica de la Península Ibérica en el 711. Lo argumenta en varios trabajos, pero sobre todo en Historia General de Al Andalus (2006). Ferrín insiste en rechazar la conquista militar islámica como hecho catalizador de Al Andalus, relacionando esa insistencia crítica con lógicas de continuidad y cambios progresivos en la Historia. Tal y como hoy Siria se nos presenta como un caos -un todos contra todos al que no se le encuentra sentido- la Península Ibérica de principios del siglo VIII se nos presenta de igual forma caótica, a no ser que asumamos la ideología nacionalista española y su tesis de la pérdida de España a manos del Islám, tesis que hoy apenas si resiste tal cual el más mínimo análisis crítico y riguroso, aunque sea la normalmente aceptada –cada vez menos- y difundida.

En ese caos peninsular, especialmente en lo que era el territorio de la Bética, preñado de conflictos internos, donde lo religioso permanentemente camuflaba lo social y económico,  aparecieron sirios, pero también bereberes, muchos islamizados, pero no dentro de los códigos o de lo que hoy podemos entender como Islam, porque como bien se encarga de puntualizar Ferrín, el Corán no se recopila hasta aproximadamente el año 800, años después de la fundación de Bagdad, y a la lengua árabe, en el 711, aun le quedaban unos cien años para ser una lengua internacional. González Ferrín afirma: “Desde 711 hasta 756 son años de guerra civil. Hubo una cantonalización de la península. El norte va por un lado; Levante, por otro; Portugal, por otro. España sufre una hambruna y una guerra civil generalizada a la que se incorporan tropas del norte de África que no son árabes ni bereberes, sino púnicos, visigodos, vándalos y bizantinos (…) En esta guerra civil, grosso modo, los contendientes son los partidarios de [los reyes visigodos] Witiza y Rodrigo” (González Ferrín niega la invasión islámica del año 711 en ‘Historia general de Al Ándalus’https://elpais.com/diario/2006/11/17/andalucia/1163719349_850215.html). A mediados del siglo VIII, según González Ferrín, nos encontramos a un Juan de Damasco (San Juan Damasceno) hablando de lo que hoy entendemos que va a ser el islam, para él una herejía más del cristianismo, sin que en ningún momento lo llame “Islám”; y es justamente eso lo que estaba ocurriendo en todo el Mediterráneo: mil movimientos distintos heréticos, unos contra otros, y uno de ellos acabó consolidándose como religión; esos movimientos, no lo olvidemos, recorrían la vieja autopista del Mediterráneo.

Llegados a este punto conviene no confundir fondo y forma, es decir, conviene no confundir imágenes de caos y confusión con la inexistencia de una explicación concreta de los hechos que motivan esas imágenes, y eso nos vale para la vieja Al Andalus y para la actual Siria. El caos y la confusión en uno y otro caso, ocultan complejidades que tenemos el deber de analizar. El caos actual sirio no puede ni por un instante privarnos de tener en cuenta la complejidad de una sociedad que Occidente en sus esquematismos y en su racismo suele pasar por alto, a no ser que le convenga azuzar contradicciones en función de los intereses de sus oligarquías imperialistas. En el mosaico sirio encajan piezas musulmanas suníes y chiíes, y dentro de éstas: alauitas o duodecimanos –como el presidente Al Assad-, ismaelíes, etc.; también drusos, múltiples iglesias cristianas ortodoxas y católicas; en ese mosaico tenemos piezas kurdas, árabes, turcomanas o armenias, sin olvidarnos de los refugiados palestinos. Conviene tener presente algo que es más que un simple dato curioso o anecdótico: la comunidad judía más extensa de Oriente Medio fuera del Estado de Israel se encuentra en Siria. Ese mosaico se ha conseguido mantener hasta la actualidad, no sin problemas y no sin errores, gracias al demonizado gobierno del partido del renacimiento árabe socialista BAAZ, y de sus aliados comunistas y socialistas árabes.

Como afirma el sociólogo José Antonio Egido, Siria es hoy, por muchos motivos, el centro del mundo, como en su momento pudo ser la Península Ibérica, Al Andalus. Hoy en Siria se juega los Estados Unidos y sus aliados europeos la hegemonía mundial: la lucha por el poder del dólar y del euro, subordinado a éste, y el futuro de la explotación y distribución de los recursos energéticos; pero también se juega la soberanía y la independencia de los pueblos. Hoy la autopista del Mediterráneo huele a muerte y destrucción, a los cadáveres flotando en el mar. Hoy nuestra autopista está militarizada y alambrada, rodeando la fortaleza europea de Merkel y Macron. Son los muertos, son los que huyen de las guerras que el poder del dólar o el control de las conducciones del gas provocan. En Andalucía, a este lado de la autopista, debemos mirar hacia el otro lado, tomar conciencia de lo que allí pasa, lejos de los relatos y de los guiones prefabricados, asumiendo también que allí, en la otra punta, también se juega nuestro futuro, el de los andaluces y andaluzas de hoy.